Fernando Bartolomé Zofío

Tombeau. El antídoto barroco contra la muerte

Tombeau: el antídoto barroco contra la muerte

Por Fernando Bartolomé

En la música popular de hoy, James Hedfield compuso Nothing else matters en honor a su abuelo; Tears in heaven fue escrita por Eric Clapton cuando murió su hijo al caer de un rascacielos; Si la muerte pisa mi huerto fue compuesta por Serrat en un ejercicio de imaginación sobre su propia muerte; Knocking on heaven´s door es un tema de Dylan en el que se describe la muerte de un ayudante de sheriff; Show must go on es un auto homenaje de Freddie Mercury ante la llegada inminente de su propia muerte…

Componer música en homenaje a otras personas es algo habitual en nuestros días, pero hablar de la muerte abiertamente no tanto.  Serrat, quizás una excepción, hace un esfuerzo por imaginarse qué pasará cuando esté muerto: “¿Quién se acostará en mi cama, se pondrá mi pijama y mantendrá a mi mujer, y me traerá un crisantemo el primero de noviembre? A saber…”

Pero en la música clásica hace ya cientos de años Robert de Visée dedicó muchas piezas en homenaje a seres queridos. Y también Losy, Weiss, Corbetta, Couperin, Gaultier, Froberger y un largo etcétera. ¿Cómo veían estos compositores de hace más de 300 años la muerte?

En las siguientes líneas voy a hablar de cómo los músicos barrocos sacaban de las tumbas a los seres queridos con su gran invento: la Tombeau.

¿Cómo vivían la muerte? ¿Qué lenguaje empleaban los músicos barrocos para conmover de esa manera? ¿Tenían un lenguaje oculto entre los pentagramas? ¿Quién soporta la muerte hoy? ¿Cómo la vivimos hoy?

 Todos nosotros hemos pasado por la amarga experiencia de decir adiós a algún amigo, algún familiar, alguna persona querida… Una despedida que, a veces, es definitiva. Y en este trance podemos decidir olvidar, mantener el luto, negar la realidad, pensar en el más allá o simplemente honrar recordando con emoción. Y eso es lo que decidieron hacer algunos músicos barrocos.

TOMBEAU

 Los músicos tenemos la enorme suerte de que podemos honrar la memoria de algún ser querido tocando o componiendo una pieza de difuntos y hacer partícipe al resto de la humanidad que quiera compartir su tiempo y sensibilidad mediante la escucha. Alguna ventaja había que tener.

 Se han creado diferentes formas musicales para expresar el dolor de una pérdida, un desamor o la muerte dependiendo de la época y del país.  Están el Lamento, el Réquiem, la Marcha fúnebre… El Lamento es una pequeña pieza de forma libre y a veces hecha a base de variaciones de un tema que es reconocido por incluir un motivo de cuatro notas descendentes en el bajo. Pero también se denomina motivo del lamento a esta línea descendente que usaban maestros barrocos. Uno de los mejores ejemplos en el uso del lamento lo tenemos en el gran compositor y laudista inglés John Dowland, que escribió piezas tan sobrecogedoramente tristes como Flow my tears. Alguien que firmaba sin ningún rubor como Semper Dowland Semper dolens (Siempre Dowland siempre triste) no podía hacer las cosas regulares.  En nuestros días, el cantante Sting hizo una grabación rescatando la música del laudista inglés. Cuanto menos es curioso escuchar el timbre que tenemos asociado a piezas como Roxanne cantando canciones de Dowland con acompañamiento de laúd.

 Y la Tombeau parece heredada del Lamento. En ambas se habla de dolor, pero en la Tombeau se refiere de manera exclusiva la muerte. Y cuando digo hablar me refiero a expresar mucho pero sin el uso de la palabra porque en ella, aunque había alguna impresionante excepción como la Tombeau sur la Mort de Madame d’Orleans, escrita por Francesco Corbetta, era una pieza musical instrumental principalmente. La verdad, no había ninguna necesidad de usar la palabra.

Se desarrolló plenamente en los siglos XVII y XVIII en una buena parte de Europa, especialmente en Francia, Inglaterra y Alemania. Es un homenaje que hacían los músicos para honrar la figura de algún ser querido y, aunque se han compuesto composiciones de esto tipo incluso en tiempos actuales, es un sello de la época barroca.

Las Tombeaux de las que tenemos conocimiento estaban hechas principalmente para un solo instrumento, que solía ser el laúd o el clave. Éstos son instrumentos recogidos, íntimos, en los que la cuerda proporciona la calidez que se necesita para expresar este dolor. No es un dolor escandaloso ni presuntuoso sino algo más interno y sutil.

La primera Tombeau de la que tenemos constancia se compuso en el año 1638. Es la Tombeau de Mezangueau, escrita por el laudista Ennemond Gaultier. Después llegaron Denis Gaultier, Charles Mouton, Johann Froberger, Louis Couperin y otros compositores, principalmente barrocos, aunque tenemos ejemplos modernos en obras de Ravel o Falla.

LA FORMA DE MUERTE

Más que una forma musical, la Tombeau es un sentimiento de pérdida.

Un homenaje, una despedida o, mejor, un recuerdo. 

Su nombre viene del francés, tomb, y significa tumba. Una palabra que suena pesada, contundente, cerrada, como la muerte. Aunque en realidad yo la veo como una tumba portátil, más ligera, y con cerradura. Y la música es la llave que abre esta cerradura. Una llave que nos da el acceso inmediato a personas que ya no están con nosotros siempre que queramos.

 Esta mañana he estado escuchando el homenaje de Francesco Corbetta a madame de Orleans y, además de ponerme triste y melancólico, me ha entrado una alegría por dentro que no sé si raya dentro de lo paranoico o qué es lo que pasa, pero lo cierto es que me he sentido muy bien. Independientemente de que se disfrute de la buena música, meterse de lleno en su historia nos hace conectar con el músico que creó esa obra y con sus circunstancias, la muerte de su amiga del alma, la condesa de Orleans.

 Para mí, la pieza musical que representa la muerte sin tapujos, paradójicamente, es una de las maneras más prácticas de desarmar a la muerte. Nos conecta con ella y nos engancha a la vida, a la nuestra y a la de otros.

 Entonces la Tombeau es un vehículo de expresión. No es una forma como un vals o un minueto. Aparece contenida en diferentes moldes prestablecidos como Sarabandas o Pavanas, pero lo más usual es verla como forma de Allemande, una danza alemana de compás cuaternario de origen renacentista y tempo lento. Johann Mattheson, compositor y escritor barroco, la describe así: “Es una seria y bien armonizada pieza en un estilo arpegiado, que expresa satisfacción o diversión, y se deleita con el orden y la calma.”  Salvo que el homenajeado fuese el mayor tirano del mundo, que digo yo que alguna vez podía pasar, podemos omitir la parte de Mattheson en la que dice que expresa satisfacción y quedarnos con la del orden y la calma.

 En definitiva, la Tombeau, nuestra tumba portátil, tiene forma de Allemande y, a veces, deja un rastro interesante que me gustaría comentar a continuación.

EL HILO DE LAS MUERTES

Cuando estuve documentándome para mi libro La muerte barroca estuve investigando sobre las Tombeaux que se habían escrito en la época barroca, sobre sus compositores, sus circunstancias, sobre la gente a la que honraban o la gente para la que trabajaban, y me encontré con algunas conexiones que atrajeron mi atención al instante.

Hay que tener en cuenta que de muchos compositores de esta época la mayoría de lo que conocemos, de lo poco que conocemos, está registrado en sus pentagramas o tablaturas, en su obra musical. En una nota a pie de página. En una dedicatoria. En un título. Y a partir de ahí los investigadores empiezan a tirar del hilo y a veces salen cosas.

Hay un hilo que conecta Italia con Francia e Inglaterra, a Carlos II con Luis XIV, a madame de Orleans con Francesco Corbetta y finalmente a éste con Robert de Visée. Dos Tombeaux unen a estos dos grandes músicos.

Francesco Corbetta escribió una emotiva pieza para la muerte de Madame d’Orleans. Ésta fue Henrietta, condesa en la corte parisina de Luis XIV, y hermana del rey de Inglaterra Carlos II que, a través de alguna carta que recibió del rey, 29 de mayo de 1665, sabemos que recibía piezas de música de su gusto para que practicara. Era una mujer muy inteligente e independiente que tenía una gran afición por el arte y que debía de tener una relación muy cercana con el músico al que se refería muy cercanamente como Francesco. Éste tuvo una gran repercusión en toda Europa y alcanzó un gran prestigio como compositor y como intérprete, con ésta y otras piezas, y llamó la atención de la élite artística europea. Repercusión que pronto se desvaneció. Como sabemos, y hoy en día más que nunca, no importa lo famoso o lo extraordinario que alguien puede ser. En algunos casos en muy poco tiempo se puede caer en la fosa común del olvido con una rapidez extraordinaria. Pero alguien que se hizo muy importante decidió hacer algo cuando Corbetta murió: una Tombeau en su honor.

Ese alguien fue uno de aquellos que quedaron impactados por Francesco Corbetta. Se trataba del sucesor como maestro de guitarra del rey Luis XIV, Robert de Visée, cantante, guitarrista, laudista y tiorbista. Escribió para él un homenaje en forma de Tombeau, la Allemande de su suite en Do menor, y dejó un buen lugar en el que visitar al músico italiano. Una vez más, ahí se quedó… Llegó la época clásica y pasaron los dos al olvido.

Después, un compositor de la época romántica, Napoleón Coste, decidió transcribir algunas de sus obras que, de nuevo, pasaron al destierro. Y, ya en el siglo XX, un músico español, Emilio Pujol, retomó la obra de Coste. Ésta le llevó a de Visée, y en 1928 hizo varias transcripciones que se hicieron muy importantes. Y esto pudo llevar a otros músicos a saber quién era este tal Corbetta al que de Visée había homenajeado con su Tombeau y a que hoy os esté hablando yo de estos dos músicos y del arte tan maravilloso que habían creado. Es como una vuelta desde el más allá.

Después está el caso de un curioso laudista, rico de cuna y supuesto aficionado al laúd, Johann Anton Losy, el conde de Losy. Escribió una bella Tombeau en el año 1690 para honrar la muerte de su madre que nadie hubiera conocido si el gran maestro del laúd barroco, Sylvious Leopold Weiss, no le hubiera dedicado una de las piezas más emotivas que nunca se han compuesto: Tombeau sur la Mort de M. Comte d’Logy (1721). Todo lo que se pueda decir de las Tombeaux sobra si escucháis esta extraordinaria pieza. Yo voy a seguir escribiendo por acabar lo que empecé.

¿Y por qué el compositor de laúd más prolífico de todos los tiempos, amigo personal de Johann Sebastian Bach y compositor de grandes obras maestras iba a dedicarle una obra tan significativa a un simple aficionado?

Eliminando la hipótesis de que fueran amantes, cosa de la que no hay constancia, lo cierto es que Losy, casado dos veces y con tres hijos, -¿Suficiente dato para descartar la hipótesis? Probablemente no -decía que era un hombre rico que mantenía bien sus negocios, con fortuna heredada, y dedicaba su vida al laúd, y gracias a este sentido homenaje de Weiss otra gente indagó en la obra del supuesto aficionado y encontró música de indudable calidad de la que podemos echar mano hoy. De hecho, fue uno de los laudistas más importantes de su época, y yo me aficioné a su música a través de la Tombeau de Weiss, que fue la que me llevó a encontrar la obra que Losy dedicó a su señora madre y a escribir mi pequeño homenaje a este conde tan peculiar y artístico basándome en esa obra: la Tombeau Jazz.

De Tombeau en Tombeau y compongo porque me toca. Aprovechando la coyuntura, con el máximo respeto e insensatez, decidí también homenajear al propio Weiss en esta Tombeau.

 QUÉ SE PUEDE DECIR SIN PALABRAS

 Para muchos resulta curioso que toda esta cadena de homenajes en forma de música se produzca sin que medie ningún texto.

 ¿Cómo se puede decir tanto sin una sola palabra? Esta es la magia de la música. Aunque en realidad buscaron algún apoyo para que el mensaje llegara más nítidamente. Los músicos barrocos construyeron un vocabulario sibilino para decir cosas a través de la música instrumental y construyeron toda una simbología para expresar los afectos.

 Los años del barroco son unos años en los que la ciencia lo abarca todo. Es el gran descubrimiento y todo lo que quisiera tener un mínimo de rigor debía estar avalado por la ciencia y su método.

 Con el ánimo de discernir y de aclarar el significado de la música se crean toda una serie de convenciones asociando ciertos motivos musicales con determinadas emociones. La música en esta época tenía como objetivo convencer y persuadir no solo por su belleza sino por su elocuencia y encontraron en la retórica una herramienta fantástica. Y a la retórica se le unió la teoría de los afectos.

 La música, en muchos casos, ahora no aspira a evocar batallas, torneos o pajarillos. De repente la música lo que quiere es representar sentimientos. Decía Rameau que es al alma a quien la música debe hablar. Y Mattheson (1744) lo dice de manera más concreta:

 “Se pueden expresar todas las emociones del corazón por medio de simples acordes y su encadenamiento sin palabras, de suerte que el oyente descubra y comprenda la progresión, el sentido, el pensamiento del discurso musical, como si de un discurso verbal se tratara.

 Aunque no hubo un consenso entre los diferentes compositores, se creó un vocabulario con figuras musicales, el figurelehre, como medio para representar la alegría, la tristeza, el dolor, la majestuosidad, etc. Como dice Roberto Pajares “estas figuras no se limitan a figuras melódicas breves, sino que incluyen repeticiones, imitaciones, desarrollos, acordes, contrastes, ornamentos, silencios, disonancias, altura de notas…”

 El objetivo de estas figuras era, por un lado, hacer más interesante, refinado y atractivo el discurso musical y, por otro, hacer que la música instrumental fuera más entendible. Y el caso es que los oyentes de esta música estaban al día de estas asociaciones.

 Y en las Tombeaux se usaron estas asociaciones también. Para ciertos autores los motivos de notas repetidas eran como una llamada a la muerte. Cuatro notas descendentes eran una muestra del dolor, del lamento. Tres notas seguidas empezando a contratiempo representaban los suspiros. El silencio en momentos clave era señal de ausencia, de muerte.

 Al compositor este vocabulario le ayudaba a encontrar nuevos elementos musicales, quizás no justificables de manera racional o armónica, y a crear unidad en el discurso. Para el oyente avezado e instruido le servía para seguir las pistas de los compositores e imbuirse de pleno en los afectos de la música. Desde luego era una manera de mantener el foco y los compositores barrocos lo usaron a discreción, creando verdaderos discursos dirigidos a conmover profundamente y en muchos casos lo consiguieron de verdad.

 LO QUE PODEMOS APRENDER DE LAS TOMBEAUX

 Así que las Tombeaux hablan sin decir una palabra de la manera más desgarradora posible de la muerte y fueron desarrolladas por grandes músicos del pasado que permitieron a generaciones posteriores como la nuestra revivir de su letargo existencial y traer del recuerdo la memoria de grandes figuras de la Historia.

La muerte de hoy está muy mal vista y por eso se la viste con disfraces de lujo. Aparece continuamente disfrazada de explosiones, accidentes de película, ataques terroristas o asesinatos de psicópatas degenerados. Y a pesar de que la tenemos continuamente en todos los medios de comunicación, y nos paramos un par de minutos a comentar lo terrible que son todas estas desgracias, muy poca gente habla de la muerte sin disfraz. De la muerte. Un paro cardiaco, una neumonía, un accidente de tráfico, un cáncer… De hecho, una de las personas que más ha hecho por tratar el tema de la muerte en todos los ámbitos, Elisabeth Kubler-Ross, nos dice como hasta hace relativamente poco si había algo de lo que los médicos no querían hablar a sus pacientes era de… ¿Adivináis qué? Sí. De la muerte.

Estamos en tiempos de ligereza, superficialidad y liviandad. El arte es una broma continua y la vida es una playa de bañistas listos para surfear. El mundo es una comedia con infinitas temporadas. Woody Allen dice que a él no le da ningún miedo la muerte, pero lo único es que no quiere estar allí cuando suceda. Y esto, después del terrorífico y sangriento siglo XX, es una bendición. La risa es la mejor señal de salud. Pero si lo único que nos alivia de la muerte a nuestro alrededor es la venda en los ojos y los antidepresivos es probable que algo estemos haciendo mal.

 Roland Dyens, agnóstico confeso, dijo en su día que si algo le hacía dudar de la existencia de Dios esto era Bach. Y es que la música es una buena terapia contra la muerte. La doctora Ross nos anima a hablar de ella, a convivir con ella y a pasar el duelo de forma natural, en toda su extensión: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Llevándolo al terreno de la música podemos negar la existencia de Bach, enojarnos con él, pensar que es una alucinación, deprimirse por su existencia y, por último, aceptar que Bach ha sido real.  

Fuera de bromas, el duelo es peligroso porque es la herida que no se ve. No se cura con medicamentos. No es una enfermedad. Y eso se pasa con el tiempo y con amor, y, por qué no, escuchando música de muerte que nos haga apreciar cada instante como si fuera la última vez.

La música, al fin y al cabo, es el arte de la muerte porque tan pronto como viene se va. Tan pronto se extingue la última nota se acaba todo. Es un continuo y pasajero nacer y morir. Solo queda el recuerdo. Es una buena maestra para disfrutar de la vida. Y puestos a aprender de ella nada como una buena tumba portátil para amar la vida.

Pon una tumba en tu vida.

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